EL MEZQUITE
“En las áridas regiones de la Baja California
se agarraron a balazos policías y ladrones…”
- El corrido de la palomilla (fragmento).
En 1968 tuvieron lugar muchos acontecimientos impactantes a nivel nacional e internacional, pero yo no me enteré de ninguno. Mi casa estaba en La Cuchilla, y, en ese entonces, era la última del pueblo. No teníamos televisión, y no nos importaba; yo y mis hermanitos éramos felices jugando beisbol y comiendo chimangos.
La vida transcurría tranquila por nuestro pueblito. Por las mañanas le ayudábamos a mi mamá a hacer desorden, mientras ella nos ayudaba a acomodarnos las ideas a jalones de orejas. Por las tardes, nos gustaba ir a la casa de enfrente, a jugar lotería con Don Chando, que, cuando tenía dinero nos ponía las entradas a todos. Nos acomodábamos a un lado del mezquite, y nos servían café en unos pocillos abollados por el tiempo, y mordisqueados por la emoción de la mezcla entre el juego y la cafeína. En lo personal, cuando juntaba dos pesos me retiraba con mi fortuna.
Nuestra mayor preocupación en las temporadas de calor era mantener a los murciélagos fuera de la casa, porque, aparentemente, encontraban nuestro techo de palma bastante cómodo, y nuestra mayor ocupación era quitarnos los piojos unos a otros. Fuera de ahí no había mucho más qué hacer. Mi papá se ausentaba por temporadas en un barco atunero, y, de vez en cuando, volvía con alguna que otra novedad de tierras lejanas; lo que sí era seguro, es que al regresar él, mi casa se convertía en una fiesta toda ella; llegaban sus amigos del equipo, y la celebración no paraba hasta el día siguiente. Mi mamá solía mandarnos un par de días antes a recoger leña, porque el fogón tenía que atizarse a la hora que fuese necesario.
Cuando no estaba mi papá en casa, por las noches nos turnábamos sus botas para pasear por detrás de la puerta dando pisotones hasta que nos dolieran las piernas. Hacíamos esto a manera de protección, para asustar a los rateros que nunca habían llegado, pero por si acaso se les ocurría llegar, estábamos prevenidos. Jamás adivinarían que las botas no las traía puestas mi papá. Mi mamá nos regañaba varias veces por no dejarla dormir, hasta que se hartaba y tenía que levantarse con un huarache en mano; en el escape siempre quedaba una bota por allá, la otra más acá y todos amontonados en la cama recibíamos una que otra nalgada represora antes de dormir. Eso nos sacábamos por proteger valientemente el patrimonio familiar.
Cuando mi papá estaba en casa, el ritual nocturno era muy distinto: el sueño de mi padre era sagrado. No soportaba el menor ruido cuando se acostaba a dormir, así que a la hora que nos mandara a la cama no teníamos derecho de apelación en contra de la orden dada, porque nos iba mal si no hacíamos caso. Entre todos nos callábamos cuando no teníamos sueño, aunque no faltaba la noche que nos diera un ataque de risa colectiva que provocara la ira del Ñiz, y nos diera una tunda a todos parejos para que lo dejáramos descansar.
En una de esas noches imperturbables es que toma lugar esta historia. Era ya de madrugada y todo estaba tan callado alrededor, que temí despertar a mi papá con el ruido de mis pasos para ir a la bacinica. Iba de puntitas intentando no tropezar con nada cuando algo interrumpió mi camino y el sueño de todos en la casa: alguien tocaba a la puerta desesperadamente. Me quedé petrificado del miedo, pues nunca nadie había ido a la casa tan noche y con tanto estruendo. Pude escuchar cómo uno a uno mis hermanos brincaron de sus aposentos con sus ojos abiertos de par en par como un montón de platos blancos en la oscuridad. Mi papá gruñó antes de maldecir, y se encaminó a la puerta dando pisotones descalzos que resonaban mucho más fuertes que los que nosotros dábamos con sus botas puestas. Antes de llegar a la puerta, notó que yo estaba ahí parado, y al instante me mandó a la cama, agarró su bate metálico y preguntó quién era y qué quería la persona que estaba del otro lado. Una voz que decía cosas que yo no entendía habló entre llantos y parecía suplicar algo. Mi papá meneó la cabeza y, antes de abrir, dijo: “otro gringo loco”.
Nos amontonamos unos en la puerta que daba a la sala y otros en la ventanita que daba a la calle para poder ver lo que pasaba ahí afuera. Jamás olvidaré a ese güero bañado en sangre que hacía ver a mi papá tan pequeño y tan asustado a su lado. Nadie sabía hablar inglés en la familia, pero todos sabíamos que estaba pidiendo ayuda. Mi papá le arrimó un bote con agua y una toalla para que se limpiara, y sacó una camiseta para que se vistiera. Entre señas de uno y del otro nada se pudieron entender, y el gringo decidió partir hacia la nada así como había llegado. Mi papá cerró la puerta y nos regañó a todos por chismosos antes de mandarnos a dormir. A mí hasta se me había olvidado que quería hacer pipí, y la mañana nos sorprendió a todos con los ojos bien abiertos y en silencio.
Mi mamá se levantó y se puso a regar en el patio el agua teñida de rojo que había quedado en el bote que usó el gringo. Ninguno de nosotros quiso pisar el patio mientras estuvo mojado. Durante el desayuno, mi papá se lamentaba porque, con lo ofuscado que se había puesto en la noche, le dio al extraño su camiseta favorita. Todos nos preguntábamos qué le habría pasado a esa persona, pero ninguno tendría la respuesta sino hasta que la tarde comenzó a llegar.
El sol se levantaba en el centro del cielo cuando el rumor de una avioneta estrellada en el arroyo llegó a la casa. Todos los hombres de las casas cercanas fueron a ver qué había pasado, y todos los seguimos con la curiosidad que movía nuestros pies astutamente entre matas de caribe y choyas. Al llegar, lo único que se veía eran fierros torcidos y gringos muertos. Algunos de los presentes estuvieron de acuerdo en sacarlos de ahí para darles sagrada sepultura, pero otros alegaban que no era asunto de ellos hacer eso. En la disputa ganó la piedad por las almas ajenas y, uno a uno, fueron sacando los seis cuerpos desfigurados del interior de la avioneta, y los cargaron a la casa más cercana, que fue la de Don Chando. Acostaron a los cadáveres justamente en el mezquite en el que nadie volvió a jugar lotería. Por ningún lado apareció el otro gringo, el que había tocado la puerta de nuestra casa la noche anterior.
Los hombres, exhaustos, se pusieron a fumar abajo del árbol de eucalipto, mientras las mujeres ahuyentaban a las gallinas que querían picotear a los muertitos. Todos parecían esperar algo, aunque no sabían qué era. En eso, llegaron muchos de ellos; una turba de güeros en camionetas irrumpió buscando a sus difuntos. Nadie les entendió lo que dijeron, pero todos se sintieron aliviados al saber que la muerte se alejaba.
Yo no lograba cavilar todo lo que había sucedido. A decir verdad, era mi primera experiencia mortuoria. Nadie de mi familia había fallecido aún, ni de mis vecinos. El impacto causado por esta situación, pensaba yo, sería muy difícil de superar. Y eso que todavía no tenía ni la menor idea de lo que pasaría después.
Todo cambió tras el incidente. Las tardes ya no eran de lotería en la casa del vecino. Nos daba miedo siquiera acercarnos ahí. Después se comenzó a rumorar que se oían voces que venían del mezquite, que se veían cuerpos flotando a su alrededor, que había llantos, gritos, y no sé qué tantas cosas más… y yo me las creía todas. Ir a la bacinica nocturna nunca volvió a ser lo mismo. El miedo me impedía dormir a gusto, y me hacía llorar de angustia cuando mi papá se embarcaba.
Una noche, mi mamá nos obligó a mí y a dos de mis hermanos a ir a la casa de la esquina, con Doña Noy, a pedirle tantita sal. Por más que suplicamos y que fingimos desmayos y ataques, nos sacó a empellones de la casa con el cinto más grueso de mi papá en la mano. “No sean collones”, fue todo lo que escuchamos mientras nos alejábamos arrastrando los pies. De ida todo fue muy normal, pero de regreso vimos algo espeluznante. El fogón de Don Chando, que estaba justo a lado del mezquite, se prendió fuego solo. Corrimos angustiados, a decirle a mamá que saliera a ver lo que había pasado, pero antes de que llegáramos a la casa, se apagó. Nadie nos creyó nada, pero nosotros sabíamos que era cierto.
Al día siguiente, y para sorpresa de todos, colgada del mezquite apareció la camiseta favorita de mi papá, empapada de sangre. Fue entonces que todos supimos que algo tenía ese árbol. Habría quedado poseído, tal vez. El miedo que antes sólo embargaba las almas de los infantes, ahora se extendía a todos los que sabían la historia, y lo llegaron incluso a ver como algo demoniaco. Muchos, enajenados por el terror colectivo, le sugirieron a Don Chando que lo cortara, pero él siempre pensó que lo único que haría que se fueran los espíritus sería cortar todo ese pedazo de tierra donde habían sido arrastrados los cuerpos sin vida de los accidentados. Otros quisieron hacer justicia por mano propia, y se encaminaban machetes en mano dispuestos a ponerle fin a su martirio, pero ninguno se atrevió nunca a concretar dichos planes.
El tiempo secó al mezquite, que hoy es un tronco tirado atrás de una casa vieja. Las voces se fueron haciendo tan normales que ahora nadie las oye. Yo, aún después de tantos años, todavía camino con cuidado después de que el sol se esconde cuando paso por la calle que ahora lleva el nombre de Francisco Villa.
Germinal
ESPERO ESTE MEJOR TU NENA
ResponderEliminarHermana te habias tardado GRACIAS POR COMPERTIR
es por eso que has ganado :::: jajajaj
es enserio esta muy padre a tu estilo obvioo =)
Ey! Gracias por leerlo! Sentí que era mi responsabilidad como ciudadana estudiante de la UPN el ponerlo en el blog... :)
ResponderEliminarAhora se la pensarán dos veces antes de andar por el arenal!!! Muajajá!!!
Yo por eso no voy por ahí!!!!!!!!!!!!jaaja, muy bonito su cuento es toda una escritora felicidades.
ResponderEliminarsaludos.
Yo sí que estoy amolada porque... AQUÍ VIVO!!! Jajaja (: Gratzie, gratzie...
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